Junto a tí todo es perfecto.
Hacía frío, caminabas a mi lado y a lo lejos se escuchaba todavía la música y las risas de la gente. Era un momento mágico porque la noche más vieja del año estaba tocando a su fin pero aún no se había ido del todo. Quizás fuera por miedo a que el amanecer te dejará ver mis ojos brillantes, mis labios vulnerables, mi cuerpo, que temblaba de frío y de miedo a la vez. Por aquel entonces la vida se me presentaba tan plena, tan llena de pasión, que aquello me asustaba. Y allí, atrapadas en medio del tiempo, sin más cielo que las estrellas, rompí un trocito del muro que nos separaba, asome la cabeza y te conté algunos de mis secretos. Después nos fuimos a casa: yo y mis incertidumbres. Siempre había pensado que los momentos importantes debían transcurrir como sucedía en el cine, en esas películas en las que las palabras fluyen como si fueran una melodía encadenada perfecta. Escenas de ensueño con finales apoteósicos. Pero la realidad era otra cosa. Por el camino, traté de imaginar la que cara hubieras puesto si en lugar de despedirme con un simple "hasta luego" hubiera pronunciado las palabras que regaló Guido a Dora, en "La Vida es bella":
